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La ciudad de Buenos Aires debe volver a apostar por la naturaleza

Las lluvias, sudestadas, tornados son fenómenos de la naturaleza que la comunidad, para protegerse, debe tomar en cuenta.

En la historia de la ciudad de Buenos Aires esto implica tres acciones o actividades que provocan cada vez más problemas: el relleno indiscriminado de las zonas ribereñas de fluctuación de los ríos y arroyos (por ahora, más de 50 kilómetros cuadrados); la ocupación con actividades permanentes en dichas superficies (por ejemplo, el barrio de Puerto Madero), y la implementación de megaobras de infraestructura para "dominar" las manifestaciones de la naturaleza (autopistas, arroyos entubados, terraplenes).

Sin duda, la causa de las inundaciones no son las lluvias fuertes, sino la ambición por valorizar suelo "barato" y promover obras insostenibles para "resolver" lo "desnaturalizado".

Asimismo, es oportuno reconocer los errores y dejar de insistir en fórmulas inadecuadas, más aún ante la incertidumbre de los efectos del cambio climático que claramente azota al mundo y no deja afuera nuestras latitudes.

Necesitamos una ciudad donde las próximas generaciones puedan vivir.

Quizás no debió hacerse lo que se hizo: no entubar los arroyos Maldonado, Medrano y Vega; no rellenar y ocupar las tierras por debajo de la cota de 5 metros con actividades permanentes (entre las avenidas Libertador, Leandro N. Alem y Paseo Colón hacia la ribera del Río de La Plata), y no hacer terraplenes que obstruyen el libre escurrimiento de las aguas de lluvia (ampliación sin adaptación del Acceso Norte y de la avenida General Paz), entre otros.


Límite

El tapado de los arroyos que atraviesan la ciudad en los barrios de Saavedra, Núñez y Belgrano limita las variaciones por lluvias a favor de una ocupación edilicia desmesurada e indiscriminada.

Pero hoy sí se pueden prohibir nuevas construcciones y rellenos, así como no habilitar estacionamientos subterráneos y pasos bajo nivel en las áreas de paleocauce, o aceptar donaciones, comprar o expropiar tierras en las áreas inundables para actividades no permanentes.

Lo que se debería hacer es capacitar a la comunidad ante situaciones de contingencia y manejo de información en tiempo real por celulares; preparar los equipamientos públicos para emergencias; extraer el asfalto de las calles y reponer los adoquinados subyacentes para limitar el efecto isla de calor; implantar un plan intensivo de forestación con metas ambiciosas -incluso en las áreas comerciales, riberas y veredas de las trazas ferroviarias-, retener el agua de lluvia en terrenos privados y hacer microobras de depósitos públicos (con mano de obra local y sin endeudamiento) como estrategia metropolitana.

Finalmente, estudiar la posibilidad de desmantelar obras y edificios que obstruyan el libre escurrimiento del agua de lluvia.

Basta de obras salvadoras que sólo dan ganancias a empresas que no residen en la ciudad o en el Gran Buenos Aires.

La primera adaptación al cambio climático y a las lluvias crecientes es dar lugar a las manifestaciones naturales y no realizar nuevas obras..

Por: Manuel Ludeña
La Nación
Jueves 4 de Abril de 2013

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