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España sólo volverá a mediar si se le garantiza un acuerdo
Zapatero ratificó la buena relación con el país pese al fracaso de la negociación
Quienes los vieron el sábado por la noche, en Olivos, atestiguan que Cristina y Néstor Kirchner estaban eufóricos después de su reunión con el presidente del gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero. Es comprensible si se examinan los corolarios, explícitos y tácitos, de ese encuentro.
La primera novedad de la entrevista refiere a las derivaciones del fracaso de las negociaciones con Uruguay por el establecimiento de la pastera Botnia en Fray Bentos. Es cierto que Rodríguez Zapatero pidió que se reanudara el diálogo entre Buenos Aires y Montevideo. Pero en la intimidad de Olivos admitió que ese reclamo estaba motivado en un pedido del gobierno de Tabaré Vázquez. E insinuó que España, en las personas del rey Juan Carlos y de su representante, Juan Antonio Yáñez Barnuevo, sólo volvería a involucrarse en el conflicto si ambos países le proponen un acuerdo definitivo; es decir, si le garantizan el éxito.
Otra conclusión de la reunión es que la política de tarifas para las empresas concesionarias de servicios públicos se mantendrá en el marco programado. Nada excepcional: aumentos paulatinos y moderados a partir de febrero. Además, convinieron en que las inversiones de Repsol sostendrán su ritmo, con una novedad extraoficial: en el Gobierno prevén que -salvo un cimbronazo financiero que altere las negociaciones, muy avanzadas- antes de que asuma la señora de Kirchner se anuncie la venta del 25% de YPF a los Eskenazi, propietarios del Banco de Santa Cruz, según admitió ayer a LA NACION un alto funcionario.
Como en otras oportunidades, el contexto internacional jugó a favor de Kirchner en su relación con España. Para la diplomacia de ese país, la que pasó fue una quincena negra. Se inició con el irónico aterrizaje de Nicolas Sarkozy en Madrid, hace dos domingos, para devolver a las cuatro azafatas españolas rescatadas por su gobierno en Chad. Terminó con la retirada del rey Juan Carlos de la Cumbre Iberoamericana de Santiago, después de pedir el milagro de que Hugo Chávez se callara la boca. Entre uno y otro episodio también sucumbió la gestión de "facilitación" de la Casa Real para que la Argentina y Uruguay volvieran a dialogar.
Gracias a ese cuadro, a Cristina Kirchner le bastará con poner en piloto automático la política mantenida por su esposo -y gestionada por quien despunta como un engranaje principal de su esquema de poder, el embajador Carlos Bettini- para ser la principal aliada de España en América latina.
Otros presidentes trabajaron por eso. El primero, Tabaré Vázquez. Es posible que el uruguayo sólo estuviera pensando en la complacencia de Néstor Kirchner con los asambleístas de Gualeguaychú cuando autorizó las operaciones de Botnia sin esperar a que terminara la Cumbre. De ser así, estaba mirando sólo una fracción del tablero. Su compatriota Enrique Iglesias, a cargo de esa reunión, puede explicarle que el rey Juan Carlos tenía previsto despedirse en Santiago de Chile de una tarea de acercamiento que, desde el comienzo, fue vista como una decisión problemática del canciller Miguel Angel Moratinos.
Además, si le reprochan haber sido concesivo con los entrerrianos que exigen el traslado de Botnia, Kirchner podría exhibir declaraciones en contrario de su esposa. Ella no sólo resaltó, en su diálogo con Joaquín Morales Solá, que Vázquez había sido el primer mandatario en felicitarla por el triunfo electoral. También afirmó que "Botnia va a empezar a funcionar, antes o después. Y habrá que comprobar si contamina o no. Si no contamina las protestas no tendrán más razón". Esas palabras iban a ser la antesala de un acuerdo que comenzaría a ponerse de manifiesto en la Cumbre de Santiago. Por eso en Olivos, según participantes del encuentro, Zapatero lamentó el perjuicio que causó Vázquez a la expectativa del rey de concluir su misión en Chile.
Sin embargo, no es el juego rioplatense el que anudará de manera más firme el lazo entre los Kirchner y España. El fracaso de la reunión iberoamericana abrió un horizonte incierto para la política de ese país en la región. El estallido verbal de Chávez contra José María Aznar es sólo un detalle del entredicho. Es cierto que el emir bolivariano acusa al gobierno del ex presidente español de haber sido, con el de George W. Bush, el único en reconocer el golpe de Pedro Carmona en 2002. Es más, Chávez podría haber incomodado a Moratinos con una cita: el canciller español acusó a Aznar, en 2004, durante el programa 59 minutos , de haber facilitado la sedición.
También es verdad que no todo fue pérdida para Zapatero. Con su ataque, Chávez le permitió defender a Aznar y así tender un puente hacia un electorado adverso durante la campaña española. En Olivos, el premier contó que su antecesor acababa de llamarlo para dar las gracias, después de seis años de incomunicación. Pésimo idilio para Mariano Rajoy: desde su equipo, Gabriel Elorriaga recordó que los insultos a España provenían de aliados de Zapatero.
Pero la trifulca de Santiago fue más que un desborde emocional. Madrid podría estar ante un incipiente bloque de líderes que, con la mirada puesta en sus electorados indígenas, comience a agitar la bandera antiespañola como una modulación del antiimperialismo. Chávez estuvo acompañado en su diatriba. El nicaragüense Ortega describió a la eléctrica Unión Fenosa como una compañía con comportamientos mafiosos e insultó al Marqués de La Cadena, embajador español en Managua y ex director general de Iberoamérica durante el gobierno de Aznar. Amnésico, Ortega: en agosto había llegado a un acuerdo sobre las inversiones de Unión Fenosa con la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, quien en su visita a Nicaragua condonó una deuda de ese país con España por 33 millones de dólares.
El ecuatoriano Rafael Correa fue la primera voz de este coro revisionista cuando, al clausurarse el jueves una cumbre empresarial, calificó a los empresarios españoles de "carroñeros". Desde su interminable convalecencia, Fidel Castro se sumó a la melodía.
En el Palacio Santa Cruz, sede de la diplomacia española, temen escenarios complicados. El más dramático, aunque menos probable -confiesan allí-, sería la finalización de las cumbres iberoamericanas. En ese caso la política exterior de España perdería la profundidad que obtiene de su inserción atlántica. También la monarquía pagaría un costo: en reuniones como la de Santiago, Juan Carlos alcanza la principal plataforma de exposición fuera de su reino. Ya hay quienes especulan con pasar a cumbres bianuales.
El antihispanismo de raíz indigenista podría estropear otro ritual: la larga conmemoración del bicentenario de la independencia hispanoamericana que, encomendada a Felipe González, comenzará en 2010.
En un contexto conflictivo como el que suponen estos pronósticos, el gobierno de Cristina Kirchner sacaría provecho como una aliada más nítida de España. No tanto por la solicitud con que satisfaga sus reclamos sino por el contraste con gobiernos que, al cabo de más de cinco siglos de la llegada de Colón a las Indias, decidieron desempolvar los argumentos, hoy más comerciales que historiográficos, de la vieja "leyenda negra".
Por Carlos Pagni
Para LA NACION
La Nación
Lunes 12 de Noviembre de 2007