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Apura la Casa Rosada un acuerdo con los ruralistas
Está dispuesta a revisar las retenciones; las entidades del agro podrían levantar hoy el paro
Cristina Kirchner está dispuesta a explorar esta semana, por primera vez de manera convincente, un acuerdo con el sector agropecuario. Desde Lima, donde asistió a la cumbre de América latina y la Unión Europea, el viernes instruyó al jefe de Gabinete, Alberto Fernández, para que volviera a la negociación. Quienes acompañaron a la Presidenta en su viaje a esa capital la oyeron hablar de la necesidad de liquidar un conflicto en el cual su gobierno perdió un caudal incalculable de poder.
Hoy a la tarde la dirigencia agropecuaria analizará esta disposición conciliadora. Los representantes de las cuatro entidades del campo levantarían la protesta, adelantando 48 horas lo que tienen pensado desde el viernes.
El contenido del acuerdo, según altas fuentes del Gobierno y del agro, comenzó a esbozarse el jueves, en una entrevista del ministro de Economía, Carlos Fernández, con técnicos de las organizaciones rurales, encabezados por su antiguo amigo Patricio Watson (Confederaciones Rurales).
Se evaluó la posibilidad de mantener el sistema de retenciones móviles para la exportación de granos, pero eliminando la barrera a partir de la cual el fisco se queda con casi toda la renta.
Ese límite, que en la resolución del 11 de marzo se fijó en un precio de 600 dólares para la tonelada de soja, hizo colapsar los mercados a término. En su momento Martín Losuteau y Alberto Fernández reconocieron el desacierto de la medida. Ahora, el Gobierno retiraría la cláusula.
A cambio, las entidades agropecuarias aceptarían las retenciones móviles, en un nivel del 35% para los precios actuales: equivale al 41% del valor con que se cotizaba la soja el día en que se dispuso la fatídica medida. Sería, para los productores, una ganancia de tres puntos sobre el 44% que había fijado el Gobierno en aquella oportunidad.
Esta propuesta fue informada por Carlos Fernández a la Presidenta y al jefe de Gabinete, y es hoy la principal hipótesis de trabajo.
El oficialismo podría regresar de un conflicto con el que llegó demasiado lejos, ocultando ese repliegue detrás de declaraciones programáticas: la necesidad de trabajar para que, antes de que termine el actual período presidencial, la Argentina alcance el récord exportador de 150 millones de toneladas de granos, es decir, un 30% más del actual.
Este acuerdo se podría haber alcanzado hace semanas. Pero fue necesario que aparecieran signos dramáticos de crisis para que los Kirchner revisaran su posición: desde que llegaron al poder en 2003, nunca estuvieron tan aislados.
La noticia de que la dirigencia empresarial no estaba dispuesta a suscribir un acuerdo sin una reconciliación con el campo encendió señales de alarma en la Casa Rosada desde el lunes pasado.
Julio De Vido se reunió con industriales y banqueros, y los llevó a hablar con la señora de Kirchner. Debían explicarle lo que los funcionarios no se animaban a decirle. Los dirigentes de la UIA y Adeba manifestaron que en el interior se había roto la cadena de pagos, que el público salió a comprar dólares contra toda lógica y que la tasa de interés comenzaba a subir cada vez más. También cayó la recaudación fiscal.
Cristina Kirchner insinuó una obligada desmentida: "Los números que me llegan no deberían alimentar estas preocupaciones". Ella tenía otros indicadores de la turbulencia. La imagen presidencial cayó en el conurbano bonaerense hasta el 25%. Gobernadores e intendentes recomendaron una conciliación. Y dirigentes relevantes como Carlos Schiaretti, Carlos Reutemann, Jorge Busti o Juan Carlos Romero dejaron solo a Kirchner en su asunción como jefe del PJ. Hasta Daniel Scioli hubiera recibido a la dirigencia agropecuaria si no hubiera sido por una orden de Olivos que recibió a través del intendente de Florencio Varela, Julio Pereyra.
De Vido dejó de disfrutar del naufragio de Fernández en la negociación agropecuaria cuando advirtió que también su situación estaba amenazada. El Acuerdo del Bicentenario que le encomendó la Presidenta ya era una quimera: la negociación con la UIA y con Adeba quiso también salvar ese experimento.
Los empresarios explicaron al ministro que la crisis agropecuaria estaba diezmando a todos los sectores de la economía. De Vido les pidió colaboración para convocar al campo a un entendimiento. En ese contexto se ideó la solicitada que apareció en los diarios anteayer, que instaba a las partes a retomar las negociaciones.
"Si los ruralistas no les hacen caso, ustedes deberían ponerse los pantalones largos y firmar igual el acuerdo", apuró el ministro de Planificación, el jueves, a un par de jerarcas de la UIA. Había que sustituir el aislamiento del campo por el del Gobierno. Para eso, la Presidenta ofreció una garantía: cualquier entendimiento evitaría los detalles. Traducido: la ley de radiodifusión, que el oficialismo quiso introducir en el pacto económico-social, sería retirada de allí.
Durante su viaje a Lima, la señora de Kirchner se refirió al campo en varios diálogos discretos. Siempre se mostró dispuesta a una aproximación y hasta expresó su predilección por dirigentes con quienes podría suponérsela más enfrentada: "Al fin y al cabo [Luciano] Miguens y [Hugo Luis] Biolcati, de la Sociedad Rural, son los más razonables". Pero ayer era Eduardo Buzzi, de la Federación Agraria, el más inquieto por impulsar la reunión esta tarde y sentarse a negociar. Es muy temprano para determinar si el Gobierno conseguirá que la nueva ronda de diálogo haga desvanecer su fantasma más cercano: la manifestación rural del próximo 25, en Rosario, que promete ser multitudinaria.
Tampoco se sabe si queda tiempo para salvar algo del Acuerdo del Bicentenario antes de aquel día. "Para ese pacto no hay fecha", insistió De Vido ante los empresarios. Pero a él le gustaría firmar un documento general.
Ese entendimiento no está amenazado sólo por el disgusto agropecuario. Hugo Moyano mira con espanto cómo el metalúrgico Antonio Caló, íntimo amigo de Carlos Kunkel, insiste en conseguir un 30% de aumento salarial, cuando sus camioneros aceptaron, obedientes, un 19% nominal. Caló insiste en su demanda, a pesar del pedido de moderación que le formuló la Presidenta en su reunión con los sindicatos. Moyano necesita que el pacto social se postergue hasta el 9 de julio: "Cuando ya haya terminado mi interna en la CGT".
Pero hay otra incógnita para despejar: si el espíritu de concordia de Olivos cobija un giro en el modo de tratar los conflictos o es sólo un repliegue táctico. En la pelea con el campo, Néstor Kirchner volvió a chocar con una de sus limitaciones como líder: la propensión a prolongar los enfrentamientos más allá de lo que le conviene. Ya pagó cara esa dificultad en la pelea con la Iglesia, en el entredicho con Uruguay o en la trifulca con los maestros de Santa Cruz. Son peleas en las que ingresa sin identificar antes la puerta de salida. El desenlace: queda atrapado o sale de mala manera.
Por eso, el consenso que se busca en estas horas obliga a prestar más atención al silencio de Kirchner en el estadio de Almagro. ¿Por qué no imaginar que fue la expresión de una autocrítica? ¿Por qué no suponer que fue un modo de poner en manos de su esposa, por primera vez, las riendas del Gobierno? Sin resolver estos interrogantes, es imposible evaluar el verdadero costo de la crisis.
Por Carlos Pagni
Para LA NACION
La Nación
Lunes 19 de Mayo de 2008