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Hacia nuevas protestas

El silencio no es un mensaje. La indiferencia, sí. La Presidenta cometió ayer el error de ignorar la monumental e inédita concentración en Rosario. Sólo le dedicó al campo ciertas ironías, algunas dichas con un rostro que mostraba las marcas del fastidio.

Esa indiferencia podría estar anunciando la política de las próximas horas: cumplir vacíos rituales de diálogo para no resolver nada. Si ése es el proyecto oficial, entonces el país debe prepararse para una nueva ronda de paros y protestas rurales. Tras la decepción del jueves, cuando la reunión del Gobierno con las cuatro entidades se diluyó y hasta estuvo desprovista de un final formal, los productores del interior están más cerca del paro que de cualquier política consensual.

En la pelea actual está incluida una lucha sorda, pero tenaz, por el dominio de la opinión pública. Los dirigentes agropecuarios tomaron nota de esa crucial batalla. El Gobierno la había desatado mucho antes. ¿Quién de los dos obliga al país, y a su sociedad, a hacer peligrosos equilibrios en la cornisa? ¿Quién cumple el papel amable de dialoguista y quién está inspirado por la intransigencia y el fanatismo? En esos términos se cifra la porfía de estas horas. Es probable que sin esta nueva pelea los dirigentes rurales hubieran llamado a un paro inmediatamente después del fiasco del jueves.

Pero decidieron en Rosario no ser ellos los que rompieran el diálogo, a pesar de las ofensas tácitas que dicen haber recibido de parte del Gobierno y de sus propios interlocutores, el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, y el ministro de Economía, Carlos Fernández. Irán hoy a la nueva reunión con el Gobierno (si es que esa reunión se hace) y mañana habrá nuevas asambleas ruralistas en todo el país. El mensaje es claro: o la crisis por las retenciones se resuelve hoy o los paros rurales volverán a partir de mañana.

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Hay cosas en la Argentina que no tienen sentido ni explicación. ¿Para qué, por ejemplo, obligaron al país a bascular entre dos ciudades importantes para celebrar una fecha patria? ¿Para qué, en última instancia, dividir a la sociedad entre amigos y enemigos? La división que se notó en ambos actos fue algo más que política. En Salta había más pobres que en Rosario. ¿Por qué negarlo? Resulta inexplicable, en cambio, que el propio gobierno se empalague con tales divisiones sociales. La Presidenta ya había subrayado que los productores rurales no son trabajadores.

El kirchnerismo es especialista en divisiones, pero nunca había llegado tan lejos jugando con el propio entramado social del país. Eso define también un futuro sombrío. El gobierno de los Kirchner está mostrando signos de desesperación porque otros le están sacando el liderazgo de amplios sectores sociales y, para peor, están en condiciones de convocar a actos cuya magnitud no se puede comparar con ninguna concentración que haya hecho el kirchnerismo.

Esa desesperación no sólo tiene que ver con los actos, sino también con las encuestas, el brebaje diario e indispensable de los Kirchner en los cinco años recientes. Sin embargo, están dispuestos a hacer con las encuestas lo que ya hicieron con el Indec: matarles la credibilidad con dosis enormes de manipulación y confusión.

¿Es posible que en el mismo momento algunas encuestas le otorguen a la Presidenta el 26 por ciento de aceptación popular y otras eleven ese número hasta más del 60 por ciento? O los encuestadores hicieron mediciones en sociedades diferentes o hay en algunos de ellos una carencia notable de honestidad personal e intelectual.

El problema de esas encuestas engordadas es que el Gobierno es el primero que termina creyendo en ellas. No es un elemento menor para entrever lo que podría suceder. Una cosa es un gobierno que actúa con conocimiento de su debilidad y otra es, sin duda, una administración convencida de que no le pasa nada. En verdad, está padeciendo el mayor desgaste que un gobierno haya sufrido en apenas cinco meses desde la restauración democrática.

Pero no importa lo que sucede, sino lo que el Gobierno cree que sucede. Con esos convencimientos descarriados, y con la advertencia quizás apresurada de Alfredo De Angeli de que el campo podría retomar mañana la protesta si no hubiera hoy acuerdo, lo más probable es que el Gobierno se escude en el pretexto de que no se puede negociar con una pistola en la cabeza. Sea como fuere, lo cierto es que es muy difícil, si no imposible, que hoy sucedan simultáneamente las dos noticias necesarias: diálogo y acuerdo.

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El pronóstico no es optimista. Silencio e indiferencia de la Presidenta. Conviene preguntarse entonces para qué se montó el escenario de Salta. ¿Para qué se gastaron fortunas en traslados de personas, en vituallas y en compensaciones? ¿Para qué obligaron a los gobernadores a abandonar sus provincias en un día donde los actos patrios se realizan en todas las capitales del país? La liturgia del peronismo no resolverá nunca nada y sólo podría explicarse como un elemento festivo en un país feliz. Esas condiciones están ahora muy lejos de la Argentina.

La única explicación es la competencia sin alma que siempre instala Néstor Kirchner con cualquier adversario. Perdió ayer si se tratara sólo de números.

Pero el problema es más grave que ése: la conversión del campo en un adversario a batir y la condición estéril de las concentraciones, reiterativas hasta la extenuación, sólo fortalecen los ya sólidos argumentos de los escépticos.

Por Joaquín Morales Solá
Para LA NACION

La Nación
Lunes 26 de Mayo de 2008

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