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Calentamiento global: la reunión eterna
La nueva edición de la cumbre sobre cambio climático empieza hoy en Varsovia. Las emisiones contaminantes que inciden sobre el clima vienen trepando desde hace más de dos siglos, pero las sucesivas reuniones convocadas por las Naciones Unidas no han podido definir un sendero efectivo de reducción.
Las negociaciones son complejas por tres razones. Primero, los países industrializados que tienen compromisos de reducción de emisiones no representan siquiera la cuarta parte de las emisiones mundiales. Segundo, Estados Unidos, que fue hasta hace poco el principal contaminador, no asumió compromisos en la conferencia de Kyoto. Tercero, el mundo en desarrollo no está obligado a reducir sus emisiones, que ya representan el 50% del total (China es el primer contaminador, con la cuarta parte de las emisiones totales). Lo importante es que este mundo en desarrollo será responsable de más del 90% de las emisiones futuras. Los países desarrollados hoy emiten anualmente 13 toneladas de CO2 por habitante, mientras que los países pobres no llegan a una tonelada.
Debemos aspirar a que en Varsovia la humanidad pueda acordar un sendero en dirección de la preservación del planeta y que vaya, por lo tanto, más allá de los compromisos del Protocolo de Kyoto. Es hora de que entendamos que los problemas ambientales globales requieren no sólo soluciones globales que comprometan el esfuerzo de todos, sino también instituciones mundiales que las controlen. No hay solución para un problema global sin una institucionalidad global. La diplomacia mundial ha sido incapaz de forjar acuerdos efectivos, mientras crecientes evidencias indican que existe un cambio climático, originado tanto por el aumento de la población (éramos 2300 millones en 1945 y hoy somos 7100 millones) como por el aumento en las emisiones motivado por la creciente producción de bienes.
En el siglo XX, impulsada por la globalización de la Revolución Industrial, el PBI mundial se multiplicó 19 veces, por eso la producción en el siglo XX fue superior a toda la producción acumulada desde Adán y Eva hasta el año 1900.
Las emisiones siguen trepando pese a que, en los últimos tiempos, se han difundido serias advertencias: 1) la Organización Meteorológica Mundial informó que "entre 1990 y 2011 la acumulación de gases en la atmósfera aumentó un 30% y los océanos comenzaron a ser afectados"; 2) el Banco Mundial advirtió que "avanzamos hacia un incremento de 4 grados en la temperatura global [...]; el nivel de los océanos se está elevando rápidamente debido al derretimiento de las capas de hielo en Groenlandia y la Antártida"; 3) el programa de las Naciones Unidas sobre medio ambiente expresó que "el derretimiento del permafrost [capa del suelo que se encuentra congelada permanentemente en los polos] puede originar grandes emisiones de CO2 y así causar más calentamiento global"; 4) la Agencia Europea Ambiental comunicó que "los glaciares alpinos ya se han reducido a la tercera parte y seguirá esta declinación"; 5) la Agencia Internacional de Energía indicó que "queda poco tiempo y margen para actuar [...]; 4/5 partes de las emisiones tolerables hacia 2035 ya están comprometidas por fábricas, edificios, centrales eléctricas y vehículos ya existentes; 6) el profesor Vicente Barros, de la UBA, informó que en la Cordillera hay recesión en los glaciares, menos caudales hídricos y menos energía, mientras que en la cuenca del Plata, más agua y más inundaciones; 7) según el Servicio Meteorológico Nacional, 2012 ha sido el año más caluroso desde 1961; 8) el Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático acaba de informar que el calentamiento global es inequívoco: si continúan las emisiones de gases invernadero seguirán aumentando la temperatura y los cambios en el clima.
Una evolución preocupante son los subsidios a los combustibles fósiles, que han crecido en todo el planeta y representan nada menos que el 2,5% del PBI mundial. Estos subsidios tienen consecuencias negativas: agravan los desequilibrios fiscales, incentivan el consumo excesivo de energía, reducen la competitividad de las nuevas energías renovables y limpias; agudizan la desigualdad distributiva (pues favorecen a los segmentos superiores en la escala de ingresos) y son una traba a los esfuerzos para reducir las emisiones contaminantes. Según el FMI, eliminar esos subsidios permitiría reducir en un 13% las emisiones mundiales de CO2. En América latina, las naciones con más subsidios son Venezuela y Ecuador, ambas exportadoras de hidrocarburos. Uruguay y la Argentina, importadoras, registran mínimos subsidios energéticos: 0,01 de su PBI en el caso de Uruguay y apenas por encima del 4% la Argentina.
Las negociaciones en Varsovia serán complejas, pero es urgente avanzar, respetando la equidad entre las naciones con distinto grado de desarrollo. Parece que cada nación juega a que la solución la den los otros, minimizando el esfuerzo propio. Ojalá que la humanidad haga realidad lo que el papa Benedicto expresó: "Las autoridades han de hacer los esfuerzos necesarios para que los costos económicos que se derivan del uso de los recursos ambientales comunes se reconozcan de manera transparente y sean sufragados por aquellos que se benefician y no por las futuras generaciones".
Es cierto que los líderes políticos de las naciones industrializadas están hoy abrumados por una difícil agenda de carácter financiero y económico, pero esta gravedad coyuntural no es excusa para comprometer el futuro de las generaciones que habitarán en esta Tierra, que es de todos, no sólo de nosotros, sino también de quienes la poblarán en el futuro. En nuestro país es hora de que el Gobierno también encare sin demoras una política de Estado que contribuya a preservar el único hogar que tenemos en el universo.
Por Alieto Aldo Guadagni
La Nación
Lunes 11 de Noviembre de 2013