Ud. está en: Noticias > Biocombustibles: perspectivas, dudas y realidades
Biocombustibles: perspectivas, dudas y realidades
Un avión Pucará de la Fuerza Aérea Argentina acaba de hacer un vuelo de prueba impulsado con bio-jet, que contiene un 20% de derivados del aceite de soja. Fue el primer vuelo a biocombustible del hemisferio sur y el segundo de la historia aeronáutica mundial. Los promotores de la iniciativa apuestan a promover el biocombustible en el país como negocio rentable, como alternativa de desarrollo y como una manera de ir previendo en el futuro la declinación del petróleo como impulsor de la humanidad hasta su extinción previsible.
La Argentina, no obstante se encuentra aún muchos pasos atrás de Brasil, que lleva 30 años de una política de Estado en la materia, que incluye un 25% de biocombustibles en su provisión de combustibles nacionales y es uno de los primeros exportadores mundiales de etanoles y de los biodiesel.
La humanidad, en realidad, prevé que la gran alternativa es el hidrógeno, pero admite que para el uso masivo en la movilidad mundial falta mucho tiempo, tal vez más del límite que marca la declinación petrolera. Así que apunta a otras alternativas, entre ellas, los biocombustibles.
Hace unas semanas, los encuentros de Bush con Lula en Brasil y luego de Lula con Kirchner en Buenos Aires, incluyeron como tema principal de sus agendas, los biocombustibles, su producción primaria, industrialización y comercialización internacional. Brasil apunta a una exportación masiva de etanol y de biodiesel y Estados Unidos, un país petróleo-dependiente, aspira a bajar un 20% el consumo de naftas en los próximos 10 años y reemplazar la mayor parte de ese porcentaje apelando a los biocombustibles.
Europa decidió, en febrero pasado, elevar la meta de consumo de biocombustibles al 10% del total de combustibles para el año 2020, para reducir las emisiones de gases contaminantes.
En la Argentina, las naftas y el gasoil deberán ser cortados con un 5% de bioetanol y biodiesel para el 2010. Así lo dispone la ley 26093 -recientemente sancionada y reglamentada-. Esta reducción significaría 640.000 toneladas anuales de biodiesel y unas 160.000 toneladas de bioetanol.
Aquí en Mendoza se está desarrollando el Programa de Bioenergía de la Universidad Nacional de Cuyo, que incluye la plantación experimental de colza en El Sauce -permitirá la elaboración de biodiesel- y la instalación en San Rafael de plantas piloto para la industrialización y certificación del biodiesel como combustible comercializable. El programa cuenta con la coordinación del Ministerio de Economía de la provincia, que lo ha incluido entre sus previsiones de búsqueda de energías alternativas.
Sin embargo, entre los productores hay muchas dudas. Reclaman reglas más claras y denotan cierto desencanto. Explican que con el precio bajo del barril de petróleo en el país y por ende con el precio actual de los combustibles subsidiados, no se puede competir (han cerrado varias plantas que pretendieron producir los combustibles, porque resultaban más caros que los combustibles petroleros en la estación de servicio).
Hace unos días se informó a la prensa del costo de un litro de biodiesel: 2,05 más IVA y para el bioetanol le relación también era conflictiva, 1,85 más IVA. Varias plantas cerraron porque carecían de expectativas rentables, según afirman. Otros que aspiraban al ciclo completo, terminaron vendiendo sólo el aceite de la soja o de la colza en el mercado nacional o internacional (el aceite vale 3 pesos) y quedaron casi abandonados los instrumentos de la destilería para producir el biodiesel. Se quejan de que es preferible vender aceite y con la plata comprar el gasoil que transformarlo en biodiesel.
Lo cierto es que el país tiene grandes posibilidades, posee ventajas comparativas y exporta gran parte de la producción agrícola que produce, pero por ahora vende el aceite y exporta muy poco industrializado como combustible. A la inversa de lo que hace Brasil.
Por otra parte, se agigantan a la vez los cuestionamientos entre quienes temen una creciente competencia global por la tierra para la producción de alimentos y hablan de la degradación de los suelos. Los defensores de esta alternativa insisten con que plantean sus proyectos en tierras no productivas -por las características de la colza, por ejemplo- e incluso diseñan plantaciones intercaladas entre hileras de producciones tradicionales.
Por todas estas perspectivas y estos cuestionamientos, se hace imprescindible el debate necesario que permita fijar una política pública en la materia que dé señales muy precisas a los productores que opten por la producción de biocombustibles en el país.
Los Andes
Viernes 15 de Junio de 2007