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La seguridad vial como una cuestión de fe
Los muertos, heridos y vehículos de todo tipo y porte destrozados siguen siendo una de las más pavorosas características del tránsito en nuestro país. Familias destruidas, otras obligadas a sobrellevar la pérdida de seres queridos o a hacerse cargo de la recuperación de personas que quedan con graves secuelas debido a las lesiones padecidas en accidentes de tránsito, son las consecuencias del descontrol que existe en cuanto al cumplimiento de las disposiciones de tránsito que rigen a lo largo y ancho del país: los conductores y transeúntes, en su gran mayoría, no las respetan; las autoridades, por su lado, se han apartado de su misión de verificar que se observen esas normas y poner a disposición de la Justicia a quienes las infrinjan.
Nuestro país es uno de los que más elevados índices registra de este tipo de tragedias, por encima de otros vecinos nuestros que, aunque participan en mucho del idioma, pautas culturales, congestión de calles y carreteras y aumento progresivo del número de automotores, muestran promedios de accidentes por número de habitantes bastante más reducidos que el nuestro.
Hemos observado antes y debemos reiterarlo ahora, que muchos argentinos se muestran horrorizados, y con razón, por otro de nuestros dudosos récords: el que proviene de la acción de delincuentes que matan, hieren, violan o roban con un alto grado de impunidad. Se resisten a este estado de cosas y manifiestan de muchas formas su desaprobación por el elevado índice de inseguridad que se registra y las consecuencias que derivan de ello.
Pero es un hecho que la cantidad de víctimas en accidentes de tránsito supera a la de aquellas que son objeto de ataques por maleantes y, sin embargo, recién ahora comienzan a aparecer organizaciones que también expresan y condenan lo que sucede en calles y rutas.
Quizás no se termina de comprender que los que caen por uno u otro u otro motivo -delincuencia común o sucesos de tránsito- son el producto de la desobediencia de las leyes que regulan y enmarcan la vida en sociedad.
Que la cuestión preocupa en muchos lados, queda demostrado no solamente por el estricto control que se impone en los países realmente evolucionados en aspectos que tienen que ver con la preparación y habilitación de personas para que puedan conducir automotores de todo tipo, sino con las exigencias de seguridad que se imponen a los fabricantes de autos, para hacerlos más seguros, y por las consecuencias poco menos que devastadoras que provienen de cometer determinado tipo de faltas de tránsito.
El rigor y la dureza parecen estar detrás de las políticas que promueve, en las naciones del primer mundo, la disminución del número de infracciones y, consecuentemente, de muertos y heridos.
Pero no solamente a los gobiernos preocupa lo que pasa: la Iglesia Católica -que es la que más influencia tiene en Europa y la parte del mundo donde vivimos nosotros- se ha referido al tema mediante una serie de reflexiones que apoyan en todo las normas oficiales en materia de tránsito.
Los mandamientos de la Iglesia para los conductores, se los ha denominado, y con justa razón: no sólo se refieren a las acciones puntuales contenidas en los reglamentos de tránsito, sino a la soberbia, imprudencia y desprecio por la propia vida y la ajena que se infiere del comportamiento de muchos conductores.
Los católicos muy bien harán en leer lo que ha emitido el Papado, de lo que se han hecho eco todos los medios informativos del mundo y que, además, ha merecido la aprobación de miembros importantes de otras confesiones que también se muestran interesados y preocupados por el tema.
Y los católicos argentinos, particularmente, deberían leerlo con más atención aún, ya que lo expresado en el texto dado a conocer en Roma pareciera escrito especialmente para los habitantes de este país que manejan sus vehículos en un cotidiano y peligroso desorden.
Los Andes
Lunes 25 de Junio de 2007