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Argentinos y uruguayos renunciaron a la política
Bolivia parece caminar hacia la secesión irremediable y la frontera con Uruguay es un lugar cada vez más caliente. Salvo la Argentina, ensimismada en los últimos años sólo en sus pobres peripecias, en cualquier otro país hubieran estallado las alarmas con semejantes conflictos en sus fronteras. Se trata, después de todo, de dos países ubicados en los límites nacionales, y los problemas de ellos, o con ellos, deberían ser tratados como cuestiones de política interior.
Argentinos y uruguayos han renunciado a la política. Esa es la única conclusión posible después de las últimas declaraciones en ambas orillas, que dejaron la solución definitiva del conflicto en manos del tribunal de La Haya. Los jueces de La Haya sólo resolverán, en algún momento lejano (dentro de un año y medio, más o menos), la denuncia argentina de que Uruguay incumplió con el Tratado del Río Uruguay. Nada más.
¿Qué solución podría surgir de ahí al conflicto político existente? Ninguna. Ningún juez, ni aquí ni en ningún lugar del mundo, resolverá nunca los conflictos políticos que los políticos no pudieron resolver. Sin embargo, los dos gobiernos se han encerrado en sus intransigencias y han cortado cualquier negociación diplomática posible. "¿Hay algún escarceo secreto al menos?", se consultó ayer a un alto funcionario uruguayo. Respuesta: "Sería bueno poder decir que sí, pero la peor noticia es que no hay nada, ni siquiera un cruce de miradas".
A estas alturas, conviene formularse una pregunta: ¿para qué se reunieron en la residencia presidencial uruguaya de Anchorena los dos Fernández, Alberto y Gonzalo, ambos hombres de la íntima confianza de Néstor Kirchner y de Tabaré Vázquez, respectivamente? Esa reunión se hizo a fines de agosto último y ahí se dibujó el boceto de una solución política definitiva al conflicto.
Los Fernández, como los llama la jerga política, aislaron el contencioso que está en La Haya, donde el juicio seguiría, y ensayaron una serie de decisiones de los dos países: monitoreo conjunto, preservación del río Uruguay de contaminaciones actuales y futuras y el restablecimiento normal de las relaciones bilaterales, entre otras cosas. Proyectaron dejar en el centro del escenario al rey Juan Carlos para gratificarlo por sus buenos oficios. Esos progresos debían comenzar a verse en la cumbre iberoamericana de Santiago de Chile y una eventual declaración conjunta sería firmada el 10 de diciembre por Tabaré Vázquez y por la entonces flamante presidenta argentina, Cristina Kirchner.
En septiembre, las cosas no anduvieron muy bien en la reunión de altos funcionarios argentinos y uruguayos en Nueva York, convocados por el enviado real, José Antonio Yañez. No todo estaba perdido, sin embargo. La pérdida definitiva sucedió en Santiago de Chile, donde la promesa de un gesto amistoso se convirtió en una gresca de los dos presidentes, opacada, felizmente, por el arte incomparable de Hugo Chávez para fabricar escándalos.
Todos confían ahora en una solución durante el próximo mandato presidencial argentino. Debe subrayarse, no obstante, que Cristina Kirchner no tendrá ninguna de las cartas que tuvo su marido: Botnia está funcionando, el rey ya no está y los asambleístas quedaron más enardecidos aún desde el apoyo explícito de Néstor Kirchner a sus planteos. Ahora se agregó, además, la decisión del gobierno uruguayo de cerrar los puentes con la Argentina cuando los asambleístas amenazan con pasar la protesta al lado oriental del río. Un enfrentamiento cruento es siempre posible en el litoral entrerriano.
El gobierno uruguayo tiene, desde ya, facultades soberanas para impedir el ingreso de manifestantes argentinos a su territorio. Suena irónico, también, que el gobierno argentino se escandalice por el cierre de los puentes por parte de Uruguay, que duró menos de dos días, cuando los asambleístas llevan cortando esos puentes dos años. El Estado uruguayo tomó una decisión; el Estado argentino no hizo nada para impedir una decisión similar. Es lo mismo.
Bolivia es uno de los pocos lugares del mundo donde la Argentina tiene todavía algún grado de influencia. Decidió, hasta ahora, no influir. El proceso de reforma constitucional boliviano parece ir derecho a la separación de las provincias más ricas de Bolivia: Santa Cruz de la Sierra, Tarija, Pando y Beni.
Si esa tragedia sucediera, sería, en primer lugar, un nefasto precedente para América latina. El único lujo político que la región no se dio todavía, cuando ya ha cometido todos los errores posibles, es precisamente el de la secesión de sus naciones. América del Sur vería, en tal caso, vacilar la paz, la conquista más tangible de la nueva democracia latinoamericana. Bolivia tiene ingentes riquezas gasíferas que pondrían en estado de expectación mutua a Brasil y la Argentina, los dos países que limitan con las provincias bolivianas ricas y díscolas.
¿Por qué Chile y Perú serían indiferentes ante una crisis terminal en Bolivia cuando existen viejos problemas limítrofes entre los tres? Es probable que una carrera armamentística suceda en aquellos dos países. ¿Por qué, además, Venezuela se excluiría de financiar lo que podrían ser los primeros escarceos de una guerra civil en Bolivia? ¿Por qué, si Chávez es el principal aliado de Evo Morales, autor de una reforma constitucional cuyos reglamentos cambian de acuerdo con los humores del presidente boliviano?
La Argentina no necesitaría, en tal caso, de los problemas comunes con otros países. Tendría los suyos. Uno de ellos sería el riesgo de ver cortada la importación de gas boliviano y otro ocurriría si se produjera una masiva inmigración de sufridos ciudadanos de Bolivia. Según informes diplomáticos, esa inmigración podría llegar abruptamente a las 500.000 personas y afectaría, sobre todo, al norte del país, la región más pobre de la Argentina.
Sólo Brasil y la Argentina, en una gestión conjunta, están en condiciones de reordenar el caos político boliviano. Nunca será un proceso rápido ni fácil ni claro, pero valdría la pena intentarlo. Brasil no descuidó a Bolivia, pero la Argentina tiene con el país del altiplano el mismo problema que con Uruguay. Simplemente, archivó la política y dejó que la historia urdiera su propio y sombrío rumbo.Bolivia es uno de los pocos lugares del mundo donde la Argentina tiene todavía algún grado de influencia. Decidió, hasta ahora, no influir.
Por Joaquín Morales Solá
Para LA NACION
La Nación
Miércoles 28 de Noviembre de 2007