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Botnia: "Argentina perdió de ganar muchísimo dinero con nosotros"
La pastera invitó a la prensa argentina para demostrar que trabaja casi a pleno.
![]() Recorrida.Treinta y siete periodistas Argentinos recorrieron la planta de Botnia, el mayor em- prendimiento privado de la historia Uruguaya. |
Piso de mármol, techo de haya, ventanas panorámicas. La gente va y viene con bandejas humeantes: lomo con papas, pollo a la pimienta, entre otras delicias. Podría ser el patio de comidas de un shopping en Helsinski. Pero no. Es el comedor de Botnia, la séptima planta de celulosa más grande del mundo, donde todo luce inmaculado, al igual que en el resto de las ochenta manzanas en la que se despliega este coloso industrial que lleva 75 días funcionando.
"Es el mejor arranque que yo haya visto de una planta de celulosa", cuenta orgulloso Sami Saarela, un ingeniero finlandés con experiencia en una decena de estas fábricas en Europa y Asia, que llegó a Fray Bentos para ser gerente de Botnia, el mayor emprendimiento privado en la historia del Uruguay.
Detrás suyo se oye un enjambre de idiomas. Hay finlandeses, alemanes, austríacos, norteamericanos y uruguayos. ¿Argentinos? Muy pocos. No llegan a diez, entre las 290 personas que hacen funcionar a Botnia. "Podrían haber sido muchos más", se lamenta Saarela. "En Uruguay nunca hubo un proyecto de esta envergadura. Pero Argentina es un país con una larga historia industrial y podríamos haber traído maquinaria y mucha gente capacitada para trabajar. Pero lamentablemente, los tuvimos que reemplazar con europeos".
| Fray Bentos se quedó sin boom Hay que sacarse de la cabeza la imagen industrial asociada a miles operarios, ruidos ominosos y ambientes grasosos. Botnia es como un inmenso y prístino laboratorio que funciona en piloto automático, con menos del diez por ciento de las cinco mil personas que fueron necesarias en su construcción. Esa diferencia ya se siente en Fray Bentos, a donde retornó mucho de la calma perdida. Lo cuenta Nélida Moloney, que supo mudarse con una amiga para alquilar el departamento que les sobraba a un grupo de obreros hasta que se marcharon. También bajaron la persiana varios negocios instalados sobre la 18 de julio durante el veranito. En el Gran Hotel Fray Bentos, que da la hora de Fray Bentos y Helsinki en su lobby, admiten un descenso del 30 por ciento en la ocupación desde noviembre a hoy. Un traguito para demostrar pureza Con especial esmero, los técnicos de Botnia explicaron el sistema que, aseguran, evita cualquier contaminación del río Uruguay. Bien al principio del proceso, los chips de madera atraviesan el digestor, un inmenso tonel con forma de Apolo XI que separa lo que sirve para la pasta de celulosa y deja de lado los residuos químicos y biológicos. Ese licor negro, como se llama al sobrante lleno de dioxinas y furanos, es el terror de los ambientalistas. Una parte se recicla para y se produce energía eléctrica para la planta. El resto, pasa por hornos de cal, decantaciones y un tratamiento de 48 horas en unos inmensos piletones plagados de microorganismos que degluten los contaminantes. Al final, dos últimas piletas almacenan el agua antes de ser vertida al río, a 800 litros por segundo. En este punto, el agua ya es pura, explicaron, sin convencer a los escépticos cronistas. Hasta que Aldo Leporati, asesor de comunicación de Botnia, llenó un frasco con el líquido amarronado y bebió un sorbo. |
Pero hay más. Porque las plantaciones de eucalipto que Botnia tiene en Uruguay, le alcanzan para abastecer el 80 por ciento de las necesidades de su planta. El resto, podría haber llegado desde Entre Ríos de no mediar el actual conflicto. "Argentina se perdió de ganar muchísima plata con nosotros", concluye con picardía este finés que no lleva el mameluco azul y amarillo que distingue a los operarios, pero tampoco busca el impacto de un Armani: se arregla con remera de manga corta, jeans y zapatos negros.
Y eso que ayer era un día especial. Botnia abrió sus puertas a un grupo de 37 periodistas argentinos con la intención de mostrar que la planta funciona a todo vapor y superando los más exigentes estándares ambientales. El objetivo implícito: replicar a los asambleístas de Gualeguaychú que insisten en que la fábrica funciona a una mínima potencia para evitar efectos devastadores sobre el medio ambiente.
La puesta en escena fue impecable. En los veinte minutos que los periodistas aguardaron en el control de acceso, vieron ingresar ocho camiones repletos de madera que sumaron materia prima a los centenares de fardos apilados a los costados del camino de 1 kilómetro que lleva a la planta.
Los técnicos acompañaron a los cronistas en una recorrida detallada del proceso de producción desde el "chipeo" de la madera, hasta la salida de las planchas de celulosa -similares al grueso entramado del antiguo papel secante- que en paquetes de 48 toneladas iban siendo cargadas en la barcaza que las traslada al puerto de Nueva Palmira y de allí al mundo.
Habló un argentino, el platense Bruno Vuan, gerente de producción, que aseguró que "quienes critican es porque no conocen cómo funciona esta industria". Y también el gerente de medio ambiente, Gervasio González, que explicó que "así como un auto que funciona siempre se daña, esta fábrica tiene que funcionar por encima del 70 por ciento para hacerlo bien".
A su lado, unos relojes digitales marcaban la potencia de funcionamiento en ese instante de las dos inmensas secadoras, en el final del proceso de producción: una rugía a 1.412 toneladas por día y la otra a 1.237. En ese momento, Botnia estaba alcanzando el 88 por ciento de su capacidad máxima proyectada de 3.000 toneladas.
Por: Leonardo Mindez
Fuente: FRAY BENTOS. ENVIADO ESPECIAL
Clarín
Miércoles 23 de Enero de 2008
