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Resignados y sin miedo ni bronca, los pobladores del Delta vuelven a sus casas

Dicen que si no es una inundación, es el fuego el que los obliga a volver a empezar

No recuerdan haber sentido la parálisis que suele provocar el miedo, ni la furia que suele perdurar como resaca cuando el miedo desaparece. Es la desesperación la sensación que resume la de aquella noche en la que durmieron pensando que el fuego todavía lejano podía traicionarlos mientras dormían, o la de los días en que mandaron a sus familias lejos y trataron de salvar sus cosechas con machetes, baldes con agua y coraje. Dicen que la desesperanza ya los tiene acostumbrados: que si no es una inundación, es el fuego lo que los obliga a apurar la cosecha, a huir, a volver a empezar. En las caras de esos isleños que lograron volver a sus ranchos, la apatía, más que apatía, parece resignación.


La situación, bajo control


Si bien el fuego está controlado, el viento dificulta el combate de los últimos focos de incendio. El segundo jefe de los Bomberos de Baradero, Hugo Cairo, dijo que "el viento que sopló hoy (por ayer) impidió extinguir el único foco que queda". El director de Defensa Civil de Entre Ríos, Roberto Destri, confirmó que "los bomberos continuaron con la guardia de cenizas", un modo de vigilancia para controlar que los focos no se reaviven. Destri dijo que la situación "se encuentra totalmente controlada" en la zona de islas del Delta y en Victoria y Rosario. Y aseguró que esperaban una helada "que rematará el trabajo de los brigadistas".

A diferencia de las últimas tres semanas, cuando se dispusieron cortes de ruta para evitar accidentes, ayer el tránsito fue normal durante todo el día en las rutas que cruzan el Delta.

Jorge (38), Zulma (37) y sus ocho hijos nacieron y crecieron a la orilla del Pasaje Talavera, en la isla Talavera, las tierras más golpeadas por el fuego en el territorio bonaerense. Pero hace menos de un año, un contrato para reponer torres de iluminación sobre la ruta 12 llenó de fantasías a una familia que sólo sabía vivir de la madera que extraían del monte. Ayer, Jorge volvió a la isla para evaluar las pérdidas. Su caso explica por qué los daños no son sólo materiales ni pueden medirse en el corto plazo: cuenta que su rancho, montado sobre pilotes para esquivar las crecidas, no se quemó: lo que se quemó es el monte. "Tenemos que volver, pero sin monte nos quedamos sin trabajo. ¿De qué nos sirve tener casa si no tenemos de qué vivir?", pregunta Zulma, y no espera respuesta. Para los Verón, el monte era su capital: "Si no es una inundación es el fuego: estamos acostumbrados a volver a empezar", dice. Suena a queja, pero su cara no se inmuta: se ve que han internalizado eso de sobrevivir.

Entre los más chicos, no hubo fuego ni humo que los obligara a abandonar sus vidas. Sólo a tres de los 120 alumnos -todos isleños- de la escuela de frontera Martín Miguel de Güemes, en Campana, la evacuación los alejó por unos días del colegio. Otros, como Milagros, nunca dejaron de ir: los dos días en que las lanchas escuela, ciegas en el río, no se atrevieron a circular por el Paraná Guazú o por el Canal Yrigoyen, Milagros y su hermana fueron a la escuela en canoa, remando.

Si ese humo denso asfixiaba y enceguecía, ¿por qué nunca dejaron de ir al colegio? "Porque es lo único que tienen", no duda María Cristina Pichirilli, la directora. "Aunque viven en la isla, pasan acá ocho horas por día: acá juegan, tienen una granja, computadoras. Y acá comen", cuenta. Es por eso, porque "no sabíamos si esos chicos tenían dónde comer, que sabíamos que no podíamos suspender las clases", dice. Y cuenta que debieron esperar horas a que se abrieran las rutas y que juntaron provisiones por si el humo seguía bloqueando los caminos: "El isleño está acostumbrado al sufrimiento. La prueba es que hablamos con los nenes que fueron evacuados y no podíamos creer que ninguno de ellos hubiera sentido miedo".

Graciela García; su marido, Jorge Martínez, y sus ocho hijos fueron de los pocos que optaron por no resistir y autoevacuarse. Se fueron a Zárate cuando vieron que el fuego se acercaba, y ayer emprendieron el regreso: "Nosotros no prendimos el fuego", dice Graciela, como si aún tuviera que defenderse de algunas voces que acusaron a los isleños de pirómanos.

Juan Albornoz (50) pensó que lo lógico era anteponer la vida de sus abejas a la suya: "Quise quedarme protegiendo del fuego a las colmenas, pero se encendieron unos pastizales y sobre mi casa se armó un hongo de fuego, como los que se ven en la televisión cuando explota una bomba. La Policía y la Armada vinieron a sacarme, pero si yo me iba, ¿quién iba a cuidar a mis abejas?", se pregunta. Según Argentina Chichiri, jefa del Departamento de Islas de Zárate, 85 familias de las 180 que viven en la zona insular, fueron afectadas. La actividad económica más perjudicada fue la apicultura, porque el humo espantó a las abejas de las colmenas. "El 50% de las colmenas se perdieron y no se recuperarán en el corto plazo", evaluaron en el municipio de Zárate.

"El año pasado, por el repunte del Paraná, cosechamos con un metro de agua. Ahora, no nos quedó opción: tuvimos que cosechar con fuego", ironiza Albornoz. Cuando Prefectura logró convencerlo, lo evacuaron. Y le permitieron llevar lo poco que ya había cosechado para amansar la sensación de tener que empezar de nuevo.

Por: Gisele Sousa Dias

Clarín
Miércoles 30 de Abril de 2008

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