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Tras la tragedia, hay pocos locales abiertos

La noche porteña y el temor a las inspecciones

Jose Maria Costa
LA NACION

El trágico derrumbe del entrepiso del boliche Beara el 10 del actual, que les costó la vida a las jóvenes Ariana Lizárraga y Leticia Provedo, se hizo sentir en la noche porteña, que muestra en los últimos días un panorama más tranquilo que el habitual.

Tanto en Palermo como en Recoleta, San Nicolás y Almagro resultan escasas las postales de grupos de jóvenes formando largas hileras para entrar en un bar o boliche.

La mayoría de ellos, según pudo comprobar LA NACION durante una recorrida realizada entre el jueves y el sábado pasados, cerraron sus puertas temporariamente, tal vez esperando que pase lo que muchos ya denominan el "efecto Beara", es decir que vuelvan a su ritmo normal las inspecciones que, por estas horas, intensificó el gobierno de la ciudad.

Además del cierre de bares y boliches, LA NACION pudo comprobar que, incluso, se suspendieron presentaciones de bandas en vivo, cuyos shows habían sido difundidos con bastante anticipación al derrumbe de Palermo.

A las 23 del jueves pasado, por ejemplo, en Cabrera al 3700 el tránsito vehicular era poco, y el peatonal, casi nulo. Resultaba difícil creer que siete días antes casi no se podía caminar por esa zona en virtud del amontonamiento de jóvenes que esperaban su turno para ingresar en Warm-Up, uno de los salones de fiestas privadas que figuran entre los más populares.

La fachada de ese lugar casi no denotaba allí la existencia de un bar. El portón y la puerta negros podían confundirse con el acceso de cualquier local de otro rubro, no precisamente el de entretenimientos.

Esa imagen se repetía, aunque con matices, en Córdoba al 5200, donde el frente celeste de El Universo, otro de los 13 salones de fiestas habilitados en Palermo, no invitaba a ingresar en el local. El portón de ingreso estaba cerrado y el único ruido de la noche era el de los colectivos que pasaban sin tener que disminuir la velocidad ni evadir el gentío que se suele reunir habitualmente allí.

A pocas cuadras de ese local llamaba la atención un cartel con completa información colocado en la puerta del salón de fiestas Matías, situado en Gascón 1172. Aunque también estaba cerrado, en la fachada de la antigua casona se podían observar carteles que rezaban: "Café - bar - Despacho de Bebidas - Cervecería - Wiskería - Casa para fiestas privadas de Juan Carlos Berton" y "Atención: Los niveles sonoros de este lugar pueden provocarles lesiones permanentes en el oído". El restante era la oblea que indica que se cuenta con la habilitación emitida por el gobierno porteño.

Los que tenían caras largas eran los "trapitos", que vieron naufragar su "negocio" de cobrar por estacionamiento.


Una excepción

Sólo uno de los salones de fiestas privadas visitados, Godoy, estaba abierto al público. Está situado en Godoy Cruz y Paraguay. En la puerta, había dos hombres de custodia.

"¿Señor?", preguntó uno de ellos cuando el cronista quiso ingresar.

¿Se puede pasar, es un boliche o una fiesta privada?


Es un bar, puede pasar.

No hubo que pagar entrada para ingresar. Dentro del salón, la gente tomaba tragos, bailaba y se divertía. En aquel lugar el "efecto Beara" no parecía hacerse sentir.

La Nación
Jueves 23 de Septiembre de 2010

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